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"¿Para qué sirve la ISS? (parte II)", por Javier Casado

Artículo publicado en el blog "El espacio de Javier Casado"
(http://fjcasadop.blogspot.com/)


En la primera parte exponíamos la triste realidad de la Estación Espacial Internacional si la comparábamos con lo que se esperaba de ella y que, aún hoy en día, se sigue esperando oficialmente: que sea un importante laboratorio científico en microgravedad. Lo cierto es que, según indicábamos en la primera parte de este artículo, menos del 7% de las horas de trabajo de la tripulación se dedican en la actualidad a la ciencia. En esta segunda parte exploraremos qué sentido puede tener la ISS si eliminamos el argumento científico.

Sin duda, hay otros beneficios derivados de la construcción y la presencia de una estación espacial en órbita terrestre, aunque, como ocurre siempre, lo difícil será evaluar si estos beneficios merecen el dinero invertido. Pero repasemos algunos de ellos.

1. Aprender a operar en el espacio. Sí, parece mentira, pero después de 50 años subiendo al espacio, aún no tenemos claro cómo desenvolvernos en él durante poco más de unas semanas o meses. Las estaciones espaciales siguen dependiendo de aportes periódicos no sólo de consumibles como agua, oxígeno, comida o combustible, sino también de repuestos para aparatos vitales que periódicamente se averían. Hablar de una misión a Marte en estas condiciones, con astronautas que pasarían más de dos años sin recibir ningún suministro de la Tierra, suena aún a utopía. Por otra parte, está claro que todavía no entendemos bien la problemática de vivir en el espacio, como este mismo artículo está dejando patente: queremos hacer ciencia en la ISS y no podemos porque hay que dedicarse a otras cosas que no estaban previstas. Está claro: en cuanto a operatividad en el medio espacial, aún nos queda muchísimo por aprender, y la ISS es un buen campo de pruebas para ello.

2. Estudiar el comportamiento del cuerpo humano en el espacio. Aunque no quede apenas tiempo para realizar experimentos científicos en la estación espacial, lo cierto es que sí hay un experimento que se está llevando a cabo de forma continuada cada vez que una tripulación sube a la órbita terrestre: se trata del análisis del comportamiento del cuerpo humano en el medio espacial. En este sentido, los astronautas son conejillos de indias sometidos al escrutinio de un sector del mundo médico cada vez que suben al espacio. Sin embargo, debemos ser un poco críticos con esto: aunque no tengo conocimientos médicos, y aunque no descarto que la repetición una y otra vez del mismo experimento pueda suministrar de vez en cuando algún resultado interesante, lo cierto es que estamos ante eso, una repetición del mismo experimento sin que cambien las condiciones en las que se lleva a cabo. Llevamos 50 años estudiando el comportamiento del cuerpo humano en el espacio, y lo cierto es que desde los tiempos de la Mir no se ha evolucionado demasiado en este aspecto: los récords de permanencia en el espacio se establecieron en aquella famosa estación rusa, y el tiempo de permanencia de las tripulaciones en la ISS está muy alejado (menos de la mitad) de la duración de aquellas longevas misiones. En estas condiciones, dudo que se esté incrementando apreciablemente el conocimiento médico si la investigación está estancada en unas condiciones de experimentación inamovibles desde hace ya décadas. La ISS nos proporciona el potencial de seguir avanzando en esta investigación, pero parece que por alguna razón no existen grandes motivaciones para hacerlo.

3. Desarrollo tecnológico. ¿Qué significa esto? Pues ni más ni menos que la exploración espacial en su conjunto, y en particular el caso que nos ocupa, la ISS, es una excusa perfecta para seguir avanzando en el desarrollo tecnológico de nuestra sociedad. En otras palabras: que embarcándonos en estos proyectos, nuestras empresas avanzan, aprenden y se desarrollan cada vez más, haciéndose ellas y los países en los que se encuentran más competitivos. Como a menudo nos recuerdan algunos defensores de la actividad espacial, el dinero invertido en esta área (dinero público en su abrumadora mayoría, exceptuando los satélites comerciales y poco más) no es dinero tirado a la basura o a las inmensidades del espacio: es dinero público que va a las empresas para que ellas saquen adelante los proyectos; son las empresas las que fabrican los módulos de la ISS, los equipos que hay en su interior o las naves y lanzadores que la mantienen. Trabajando en estos proyectos, las empresas avanzan, se desarrollan, mantienen puestos de trabajo y enriquecen al país. Por tanto, invertir en el espacio es invertir en nuestras industrias más punteras y en el desarrollo de un sector de alta tecnología que haga al país más competitivo. Todo esto es así, y es cierto. Ahora bien… siendo críticos, esto también lo podríamos conseguir con otros proyectos de alta tecnología que quizás pudieran dar más réditos. Es decir, si bien es cierto que el mero hecho de llevar a cabo un proyecto de estos, aunque el proyecto sea inútil, es útil en sí mismo, siempre será mejor invertir en algo que dé resultados “útiles”, y así ganaremos doblemente. Por lo tanto, este argumento es válido, pero por sí solo no sirve para defender la ISS, la actividad espacial, o cualquier otra actividad que se nos ocurra, porque siempre podrá argumentar alguien que existe otro proyecto igualmente tractor de la industria que pueda tener resultados más positivos.

En resumen: está claro que, aunque la Estación Espacial Internacional no esté dando los resultados científicos esperados, no por ello deja de tener utilidad. Pero esto no debe servirnos de consuelo o de justificación de la triste realidad: que en relación a su función principal (o, al menos, la más anunciada como tal) podemos decir con rotundidad que a día de hoy ha resultado un fracaso. Para investigar 30 horas por semana no necesitábamos un macrocomplejo lleno de módulos laboratorio como la ISS: una pequeña estación como la Mir hubiera sido perfectamente válida para ello… y quizás no me equivoque si aventuro el hecho de que la mayor simplicidad de unas instalaciones más pequeñas reducirían asimismo las horas de mantenimiento, redundando incluso en una mayor producción científica. Y el resto del dinero invertido en el proyecto podría haberse invertido en misiones de exploración interplanetaria, por ejemplo, manteniendo así los réditos antes comentados de cara a la industria y al desarrollo tecnológico en general, con una mayor productividad científica.

En fin, esperemos que esto nos sirva para aprender de cara al futuro y no repetir los mismos errores. Porque hay otra cosa que no debemos olvidar: para poder aprender y avanzar, también hay que equivocarse.

Javier Casado, creador del blog "El espacio de Javier Casado" (http://fjcasadop.blogspot.com/)

Publicado el 20/02/2011

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